Dos butacas y alguna cosa más

   
  Artículo de Carme Cols publicado en la revista Infancia número 54 de marzo-abril 1999. AM Rosa Sensat. Barcelona.

El espacio que se crea entre dos butacas, en la estancia en donde viven y conviven un grupo de niños, se convierte en un núcleo de vida dinámico, flexible, acogedor, cambiante... En él, los niños y los adultos crean las relaciones, sienten preservada su intimidad, dejan volar su imaginación. Las dos butacas pasan a ser un ejemplo de un modo de ejercer de maestra, de una pedagogía diseñada para favorecer el desarrollo armónico de los niños.

No sé si alguna vez os habrá sucedido tener la solución de un problema delante de vuestras narices y no verla. Con las dos butacas nos pasó precisamente esto. Las teníamos arrinconadas en una habitación y nunca nos había pasado por la cabeza que pudieran formar parte del mobiliario de la escuela. Un buen día se nos ocurrió que podían tener una utilidad y las instalamos en el grupo de los más pequeños. ¡Caramba! ¿Cómo no se nos había ocurrido antes?
En este artículo explicaré algunas de las cosas que han sucedido en estas dos butacas. Realizaremos un recorrido por las vivencias de los primeros días de adaptación, por los momentos de las entradas y salidas de clase y sobre cómo los niños han hecho suyas las dos butacas. Asimismo, me gustaría que el lector no se perdiera en la anécdota de las dos butacas y supiera leer más allá de lo que está escrito...


Las vivencias de los primeros días de adaptación

Pusimos las dos butacas en un lugar que permitía observar la distribución de la organización de los espacios en donde convivíamos cotidianamente. Se trataba de un punto estratégico que provocaba el deseo de sentarse y la posibilidad de que sucedieran cosas... Iniciamos esta experiencia con siete niños: los más pequeños tenían cuatro meses y los mayores ocho. En cuanto a los adultos, ya podéis empezar a calcular y a sumar o multiplicar: padres, madres, abuelos, abuelas, hermanos, hermanas, tíos, tías, canguros..., maestras y maestras de prácticas...
Desde el principio, las dos butacas constituyeron el núcleo de acogida de los padres o familiares que podían acompañar a los niños. Durante los primeros días de adaptación, fueron un lugar que les permitía sentarse a observar y al mismo tiempo mostrarse activos y sentirse protagonistas junto con los niños.
Desde el verano, las familias estaban informadas de la importancia de permanecer con sus hijos en la escuela durante los primeros días. Las formas o soluciones que eligieron para poder estar con ellos son diversas: algún miembro de la familia había reservado una semana de vacaciones, otros se combinaban el horario, o estaban de baja maternal, o venía la abuela, la tía o la canguro... Previamente, habíamos organizado una combinación de horarios para facilitar la estancia de todos de una manera rotativa y procurábamos que hubiera dos familias a la vez. Las butacas ofrecían un lugar para poder estar con sus hijos y dejar que pasaran cosas a fin de facilitar el conocimiento recíproco. Durante dos días todo funcionó como un reloj. A partir del tercer día los horarios y las familias se fueron encabalgando, porque ya ponían a dormir a algunos niños o les daban alguna de las comidas. Esto hacía que en el entorno de las dos butacas cada vez fuera mayor el núcleo de tertulianos. Hablaban de los niños, del trabajo, de dónde vivían y de las expectativas o interrogantes que les planteaba el hecho de dejar al niño en la escuela. Estos primeros días de contacto facilitaron la adaptación pero también constituyeron los pilares de las primeras redes de relaciones que se formaron como grupo. Las dos butacas nos ayudaron a crear un ambiente acogedor, un lugar en el que nos encontrábamos a gusto. Y las maestras, padre u otros familiares pudimos comprobar que el hecho de estar tranquilamente sentados no alteraba el ambiente y favorecía la relación familia-escuela.


La acogida en las llegadas y salidas

Aquel ambiente que fuimos capaces de crear durante los primeros días iba creciendo, día a día, en los momentos en que los familiares venían a dejar o a recoger a los niños. ¿Qué pasaba entonces? Por la mañana, cuando llegaba cada una de las familias, casi siempre una de las butacas estaba ocupada y la otra no, cosa que invitaba a sentarse. Podía tratarse de un padre, una madre, un abuelo o un tío, que tranquilamente observaba todo cuanto sucedía. Desde la butaca veían cómo la maestra daba la papilla al más madrugador, o cambiaba pañales, o cantaba una canción, o dormía a alguno de los niños... Este papel de observador también se podía cambiar: eran los padres, los abuelos u otro familiar los que actuaban y nos mostraban los ritos y costumbres de lo que hacían.
Algo había cambiado. Por la mañana, los adultos que tenían un horario más flexible no tenían tanta prisa. Disfrutaban cuando podían quedarse durante un rato y participar en la vida del grupo. Cada adulto se iba de la escuela con vivencias que llevaba a otros ámbitos sociales... Vivencias que podían ser más o menos gratificantes. No todos los días eran de color de rosa y los familiares podían comprobar que los niños lloran en casa y también en la escuela. Pocas veces se producían estas situaciones, pero también se daban. Los familiares podían constatar los cambios y progresos diferenciados de cada niño y del grupo, y sentirse implicados en ellos.
Mirando los álbumes de fotos del grupo podemos ver muchas de las situaciones que antes hemos descrito, y otras que nos hacen revivir recuerdos de las cosas que han pasado en estas butacas. Hay una foto que recoge los momentos íntimos en que una madre da de mamar. Recordamos a esta madre en los momentos íntimos que vivía con su hijo, después de una jornada de trabajo, descansando en una de las dos butacas, dándole el pecho y observando todo lo que pasaba.
Al igual que las entradas, también las salidas eran escalonadas. En el quehacer de cada día, habíamos marcado unas pautas que permitían que en el momento en que un familiar llegaba a la escuela, la maestra dejara de tener un papel activo y los protagonistas fueran los padres, abuelos, etc. La organización permitía que, al mismo tiempo, coincidieran una abuela cambiando a su nieto, o un padre o una madre dando la fruta a sus hijos, mientras la maestra daba de merendar a otro niño, y, sentado en la butaca, un abuelo esperaba a que se despertara su nieta. Esta organización, que podía parecer espontánea, estaba planificada a fin de que tanto en las entradas como en las salidas se facilitara la relación familia-escuela.


Las dos butacas como punto de referencia

Como ya explicamos al principio, las butacas estaban situadas en un punto del espacio que hacía que se convirtieran en un mirador, pero que también propiciaba que pudieran ser vistas desde los diversos ángulos en donde se encontraran los niños. A los adultos, nos facilitaban un lugar para que pudiéramos observar sin intervenir mientras el niño jugaba autónomamente en cualesquiera de las propuestas de juego que previamente habíamos preparado. Cuando estábamos en las butacas, ellos te localizaban en seguida y podíamos comprobar cómo este hecho favorecía la concentración y les proporcionaba la confianza necesaria para seguir con su juego. También, si lo deseaban, se acercaban y cada uno de ellos mostraba sus habilidades a medida que iba creciendo.
Era un lugar idóneo para hacerles carantoñas o para sentarlos en nuestro regazo y jugar con ellos, para cantar canciones, para mirar cuentos, para leer las notas escritas por las familias, para curar algún dolor de barriga o para dormir a alguno de ellos... Era un lugar en donde se sentían bien y seguros, en el que inicialmente siempre estaban sentados en el regazo de algún adulto, y, a medida que iban pasando los días, llegaron a hacerse los reyes de las butacas. Cada día, después del descanso, eran el punto de encuentro de los que se iban despertando. El acto de ponerse los zapatos era todo un ritual: jugaban con los dedos de los pies, con los zapatos y calcetines... Mientras los calzabas, algunos ya hacían tentativas para bajar solos. ¡Era maravilloso el hecho de observar cómo descubrían las estrategias necesarias para subir y bajar! Los retos pasaban a ser juegos, como el de reseguir todo el contorno de las butacas hasta conseguir esconderse detrás y hacer "¡tat!", juego que es muy característico de esa edad. Las butacas acompañaron el crecimiento de los niños. Tenemos fotos del grupo, desde los primeros días, cuando aún permanecían sentados en el regazo, hasta que ya subían solos a las butacas para mirar cómodamente algún cuento o realizar alguna de las muchas actividades que día a día habían ido experimentando. Podemos decir que también para los niños eran un lugar confortable, que preservaba su intimidad y su relación con los demás.


Epílogo

Darnos cuenta del hecho de que podíamos utilizar las dos butacas que teníamos arrinconadas representó un pequeño paso más en todo un proceso de cambios de actitud ante los nuevos retos que plantea el quehacer diario. Las vivencias que hemos explicado nos ayudaron a crear un ambiente más parecido al de un hogar, un ambiente acogedor y relajado, que favoreció las relaciones y la convivencia del grupo de una manera interactiva. Entre muchas otras propuestas, las dos butacas han sido una pequeña contribución más para facilitar los planteamientos de reciprocidad que posibilitan compartir, a la familia y a la escuela, un proyecto educativo común.